LOS DESAFÍOS DE LA IZQUIERDA II

Otro de los aspectos a considerar es el de la organización. Si somos conscientes de nuestra realidad orgánica tenemos que reconocer que la primera tarea es levantarnos desde abajo, muy abajo. Hemos perdido mucho terreno y recuperarlo no será fácil teniendo en cuenta todas las dificultades emanadas de la debilidad. Pero no hay otra opción. O nos levantamos resurgiendo de nuestras cenizas o nos quedamos como estamos.

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Nada se puede hacer sin organización. Dejar que todo se resuelva espontáneamente no es una alternativa para las condiciones en que nos encontramos. Es necesario planificar nuestro resurgimiento. El desarrollo caótico solo trae complicaciones y no deberíamos cometer los mismos errores. Y no me refiero a la organización particular solamente sino también, a la organización social estratégica.

Como a todos nos consta, vienen sucediendo en nuestro país una serie de hechos repudiables en la dinámica de gobierno en todos sus niveles. La administración gubernamental es arbitrariamente nociva para la población por su inequidad social en la distribución y usufructo del patrimonio nacional. La corrupción es incontenible y descarada. Los abusos de poder, el entreguismo, la delincuencia política y las injusticias nos avasallan sin que tengamos capacidad de reacción.

Sucede todo esto por falta de organización ciudadana. A cada instante se producen hechos que nos indignan y renegamos a más no poder. Los que pueden hacerse escuchar alzan la voz protestando pero, nada detiene los atropellos del poder y la corrupción generalizada. Es que no basta la indignación pasiva ni las protestas aisladas si la ciudadanía no participa. Todos esperan que alguien tome la iniciativa para sumarse pero nadie responde.

¿Hasta cuándo?, dicen muchos. ¿Qué hacer? ¿Por qué no salimos a la calle? dicen otros. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Es que nos falta organización y esta debilidad social es aprovechada por la maquinaria de la dominación que impunemente prosigue en sus fechorías y NO PASA NADA.

Pero el repudio acumulado debido a la degeneración de las instituciones del Estado, las malas prácticas de partidos políticos, la delincuencia generalizada y el deterioro socioeconómico, viene incubando una explosión social que puede reventar en cualquier momento. El ánimo de la sociedad está cargado de enojo por tanta impunidad.

Hay una amenaza real y la gente tiene miedo de que el narcotráfico y la delincuencia terminen copando totalmente el poder político como ya se advierte en las candidaturas del presente proceso electoral a todo nivel. Ya lo han hecho en gran parte con el poder judicial y la sociedad se encuentra indefensa. No tiene cómo protegerse de tal amenaza. No tiene organizada su defensa.

¿Qué pasaría si mañana o pasado la población en uso de su derecho a la insurgencia se vuelca a las calles en una revuelta como las que hemos visto en otros países bañados en sangre? Sin conducción, sin organización? ¿Improvisar un gobierno de emergencia? La verdad es que no estamos preparados para asumir nuestro rol en tales circunstancias.

La Revolución bolchevique nos ha dejado lecciones sobre la potencialidad de la organización popular en los momentos cruciales. No fue una revolución proletaria ni respondía a los esquemas doctrinarios. Pero el rol de los líderes populares y el manejo adecuado de las circunstancias en la explosión social permitió llegar al poder. Perdimos la oportunidad de esta alternativa al culminar la marcha de los cuatro suyos cuando hubo vacío de poder ante la huida del corrupto nipón.

Es urgente por ello, organizar la defensa de la población frente a los abusos de poder y la impunidad pero también para que la sociedad asuma la vigilancia y el control de las autoridades que se aprovechan de la falta de fiscalización popular. No podemos dejar todo a la improvisación. De allí la necesidad de prestar atención a este factor de desarrollo institucional de la sociedad.

La organización estratégica de la defensa social nos llevará necesariamente a retomar el acercamiento con nuestro pueblo, relación tan venida a menos, en el proceso de minusvalización de la izquierda peruana. La desvinculación orgánica con el pueblo es nuestro punto débil. Recuperar esa vinculación requiere mucho trabajo y sacrificio que no todos están dispuestos a asumir si no hay la mística de una causa por la cual luchar.

Pero la estructuración de la organización popular es una tarea indispensable porque allí reside la fuerza con capacidad de defensa social frente a los abusos del sistema. Si queremos justicia, tenemos que cobijarnos bajo el amparo popular. Si no hay poder popular no hay equilibrio de gobierno. Si no hay poder popular no hay democracia real. Lo que tenemos ahora es una dictadura de la minoría sobre la mayoría.

En tiempos pasados, cuando el punto neurálgico era la lucha contra el feudalismo terrateniente, los grupos políticos hacían trabajo de campo compartiendo ideales con los campesinos. El trabajo sindical en el Valle de La Convención en la década de 1960 es histórico. Hasta los estudiantes católicos eran apoyados por la iglesia para promover en el campo el Movimiento Sindical Cristiano (MOSIC). Hasta la década de 1970 el trabajo voluntario universitario ayudó mucho a crear consciencia política en el campo y los barrios marginales, situación que favoreció el modelo autogestionario de Villa El Salvador  y contribuyó al auge de “Izquierda Unida”.

Hoy el punto neurálgico de la lucha social tiene otras connotaciones. Algunos no lo tienen muy claro y se aferran a las consignas del pasado. Otros creen que está en el “neoliberalismo” pero nuestro pueblo tiene otros apremios que ni siquiera son tomados en cuenta por los grupos políticos. Hay por lo tanto un claro divorcio ideológico  con el sentir popular. Se desconoce su problemática concreta y por ello no hay identificación de los políticos con las demandas e ideales de la población.

Hemos perdido valioso tiempo en enfrentamientos divisionistas dentro de cuatro paredes. Ahora, ya nadie hace trabajo político de campo pero en cambio piden que el pueblo vote por ellos en sus aspiraciones electoreras sin haber hecho méritos. Nuestro pueblo, desconfía de los partidos políticos, de promesas electorales y de candidatos advenedizos que solo aparecen en campañas eleccionarias. Peor aún, si en los ámbitos donde la izquierda ya obtuvo victorias electorales pasadas, la gestión de gobierno no ha sido precisamente popular ni menos socialista.

Bien sabemos, que el proceso electoral en una democracia del dinero, los resultados arrojan siempre la misma calidad de organismos repudiados por nuestro pueblo, la misma calidad de representantes y autoridades que todos repudiamos. ¿Qué podemos esperar de este proceso electoral? Una escoria humana gobernando el país. Es previsible entonces que los conflictos sociales se acrecentarán y que la lucha contra la mafia gubernativa podría agudizarse.

En la historia del Perú, hemos pasado del caudillismo militar al caudillismo civil. Posteriormente, los partidos políticos aparecieron como una opción más democrática en ese momento pero, en las actuales circunstancias, esta vía ya no satisface las aspiraciones sociales y su decadencia es ostensible. La democracia representativa a través de los partidos políticos es ya inapropiada y la república erigida sobre ella deviene obsoleta.

Entonces, tenemos que superar la etapa histórica en que los partidos políticos suplantando la voluntad popular, se constituyeron en sostén de una democracia representativa fraudulenta. Este procedimiento es detestado por nuestro pueblo, que ya no soporta más tantos engaños y felonías de seudo representantes. No seamos cómplices de ese fraude.

Hagamos que el pueblo sea el principal protagonista y no los partidos políticos. Nunca más, las cúpulas políticas deberían imponer sus candidatos de repartija sin dar opción a que el pueblo los elija directamente entre su seno. Eso, no es democracia.

Tengamos la entereza de asumir como nuestras, las candidaturas emanadas del mandato popular si queremos recuperar la confianza del pueblo. Dejemos que los agricultores, trabajadores fabriles, mineros, transportistas, y demás sectores socioeconómicos propongan sus candidatos en proporción a su tasa poblacional. De esta opción, emergerá el nuevo liderazgo y la fuerza social que necesitamos para la revolución.

Impulsemos las asambleas populares por localidad, distrito, valle, región y trabajemos para que su empoderamiento sea sostenible. Son las masas organizadas las que en definitiva, constituyen el sostén de toda revolución.

No se trata de capturar organizaciones populares para traficar políticamente con ellas suplantándolas. Esas malas prácticas políticas deben ser desterradas definitivamente. El trabajo político deberá ser honesto sin buscar el beneficio particular ni con intenciones personales ocultas. Solo con honestidad podremos recuperar la confianza popular.

Será necesario entonces plantearnos una reforma respecto al rol de los partidos políticos ya que, en la esencia de los partidos políticos está la suplantación social y esto ya no es aceptable. Esta herramienta social es muy antigua y ha quedado desfasada frente a la evolución de la sociedad. Es necesaria la renovación. Tenemos este desafío de revisar el rol de los partidos políticos populares y plantearnos las innovaciones acordes con la etapa histórica actual.

Para muchos, será inconcebible un nuevo rol de los partidos políticos distinto al que conocemos. Nos hemos acostumbrado a convivir con el fraude político y hemos alienado nuestro rol. En la práctica, muy poco nos diferenciamos de los partidos políticos de derecha en cuanto a sus métodos orgánicos. Si queremos justicia social, mejoremos nuestros métodos democráticos y si eso significa modificar nuestra organización política pues adaptémonos al cambio.

Una organización popular tan reconocida como las rondas campesinas nos da una pauta para la germinación del poder popular. Brotaron espontáneamente pero se han desarrollado hasta alcanzar el reconocimiento indiscutible de la sociedad y de las autoridades. Su potencialidad va más allá de la lucha contra la delincuencia común porque también pueden adquirir capacidad para vigilar el uso de los dineros del Estado y los casos de corrupción de funcionarios públicos, policías, militares, jueces.

Pero así como dichas organizaciones han logrado el reconocimiento público lo pueden hacer también las rondas urbanas y otras formas organizativas de fiscalización que broten del trabajo de campo. Hemos perdido valiosas vidas de jóvenes estudiantes en manos de los esbirros del sistema. Ellos no tuvieron el socorro oportuno de la organización ciudadana y los torturadores se aprovecharon de ese vacío para asesinarlos. Pero nadie está a salvo todavía. Nadie debería ser apresado clandestinamente.

De allí la importancia de la organización popular. Organizar el Poder Popular es un punto crucial para el logro de nuestros ideales y es un reto que debemos asumir al margen de nuestras discrepancias de grupo. Seamos equitativos en nuestros planteamientos y en nuestros hechos, sabiendo que nuestra sociedad es producto del sistema. Ricos y pobres son productos del sistema. Nuestra lucha es contra ese sistema que es causa de los males estructurales de opresión e injusticia social.

Quizá porque no estoy usando el dialecto ortodoxo de la izquierda tradicional se desdeñe de plano estas observaciones pero creo que no es necesario repetir hasta el hartazgo lo que estamos acostumbrados a escuchar. Necesitamos desintoxicarnos de los esquemas y frases alienantes. Tampoco me valgo de los ideólogos históricos para respaldar mis argumentos repitiendo sus dichos. Hemos aprendido mucho de ellos pero eso, no nos da derecho a manosear sus nombres ni menos a interpretarlos como nos venga en gana. El presente es responsabilidad nuestra y debemos asumirla creativamente como lo hicieron ellos en su época.

Para ser más concreto, copio aquí breves párrafos del libro “Trazos para una República Equitativa” :

[…] En todo caso, las organizaciones revolucionarias deben mantenerse siempre a la vanguardia de las interacciones sociales cualquiera sea la forma que estas adopten. Una evaluación constante de la fisiología de acontecimientos nacionales en el contexto internacional puede ayudar a tener un mejor panorama del proceso integral. Ello servirá para una gestión política eficiente y un diseño estratégico eficaz.

En consecuencia, es imperativo que las organizaciones revolucionarias se preparen y eleven su calidad institucional como opción para luchar y gobernar. Sus miembros deben adquirir una serie de destrezas que permitan contrarrestar el poderío de la dominación. Así lo hicieron los revolucionarios vietnamitas que vencieron humillantemente a la primera potencia militar mundial.

El gran problema de algunos movimientos sociales que acceden al poder político es que no tienen recursos humanos de la calidad apropiada para gobernar. Abundan los militantes combativos, pero escasean los estrategas revolucionarios y los líderes preparados para asumir altos cargos de gobierno. Este es un punto débil que las agrupaciones políticas de izquierda deberán subsanar.

[…]

Los órganos de gobierno nacional no pueden ser juez y parte. La fiscalización anticorrupción deber ser externa al Estado porque este es el principal infractor. La corrupción ha penetrado en todas las instancias de gobierno, en la administración judicial, fuerzas armadas y policiales. Todo está contaminado, desde los más bajos niveles de gobierno hasta el más alto poder nacional. No hay confianza en ninguna instancia ni en ninguna autoridad.

Una opción es la creación de un Consejo Nacional de Vigilancia Cívica, con plena autonomía y autoridad que le permita acceder directamente y sin limitación alguna a cumplir su labor fiscalizadora sobre cualquier establecimiento o instancia gubernamental, incluyendo el ingreso directo en cualquier circunstancia a los cuarteles, penales y lugares cerrados sin necesidad de autorización previa. La fiscalización que no es sorpresiva pierde efectividad.

Así como las rondas campesinas han demostrado su eficacia en el combate contra la delincuencia y el periodismo de investigación logra desenterrar muchos casos de corrupción encubierta, los organismos de vigilancia cívica en todo nivel podrían ayudar mucho a combatir la corrupción si se les reconoce injerencia para que actuando conjuntamente con el ministerio público en todos los pueblos del país realicen el control de funcionarios, contratos, licitaciones, etc.

En los pueblos se conoce las actividades indebidas de militares, policías, jueces, autoridades y empleados públicos corruptos que utilizan su cargo para lucrar, que hacen mal uso de los vehículos estatales, de los recursos públicos, contratos fraudulentos, documentos contables sobrevalorados o simulados, coimas, cupos y otros métodos de corrupción, pero nadie se atreve a denunciar los hechos porque no están facultados, no tienen amparo, ni garantías frente al poder de los corruptos.

[…]

Fiscales, jueces, medios de prensa y políticos que parasitan al sistema de dominación se ensañan abusivamente contra los rebeldes sociales sin considerar las razones de sus actitudes. Se les trata peor que a un delincuente común. Si alguien opina a favor del rebelde social también sufre las consecuencias. Incluso se expiden leyes arbitrarias que recortan la libertad de expresión ciudadana para que los peruanos no se manifiesten ni se solidaricen con los rebeldes.

La subversión no es un problema militar solamente, ni es por ausencia del Estado en las zonas de conflicto como se acostumbra aseverar. Es un problema de justicia social. Este no se resuelve otorgando más presupuesto para más obras en las zonas de conflicto armado. No. El problema está allá pero la solución está en la capital del país, en el centro del poder, en los niveles de decisión gubernamental.

[…]

Es importante establecer en todos los niveles del país las asociaciones o Comités de Defensa Social. No por obra del gobierno sino por obra de las fuerzas populares. Necesitamos una entidad de socorro a la cual recurrir buscando protección frente a los abusos de toda índole. La gente más indefensa no tiene a quien recurrir cuando el abusador es un policía, un militar, un juez, un poderoso; ya sea por temor, por falta de medios económicos o por desconfianza.

Es necesario prestar auxilio legal y práctico a las personas o agrupaciones sociales indefensas que claman justicia. Necesitamos una entidad en la que la población tenga confianza por su independencia y vocación de servicio. Sabemos que esta no es la condición de la Defensoría del Pueblo, que es un ente oficial cuyos titulares son nombrados por el Estado, por componenda política.

Si los pobres se las ingenian para tener un local para sus actividades comunales, así también podrían establecer un lugar para la Asociación de Defensa Social. Allí podrían acudir los ciudadanos para presentar las quejas que los organismos oficiales no quieren admitir. Allí podrían encontrar el amparo que necesita, el apoyo a sus trámites y la solidaridad con sus justas demandas. Las desapariciones forzadas y torturas ocurren cuando no hay amparo de nadie.

Allí, los practicantes y jubilados de la abogacía podrían prestarles la ayuda que necesitan y darles la orientación apropiada para defenderse de las injusticias. Podrán tener el apoyo de voluntarios y vecinos para elaborar sus escritos y conseguir la justicia negada rompiendo el temor a las oficinas públicas o el desánimo por falta de medios económicos.

Hay mucha gente de bien en el Perú y autoridades honestas que gustosamente estarían dispuestas a colaborar con la asociación o Comité de Defensa Social. Es cuestión organizarse y promover su establecimiento en todos los rincones donde los indefensos necesiten apoyo para luchar contra las injusticias de todo calibre.

En estas entidades populares hay una potencialidad imprevisible para la lucha contra las injusticias. Estas entidades se pueden ir instalando ya por decisión de la comunidad desde ahora mismo. Es una de las formas de ir construyendo una república equitativa.

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