PALABRAS EN HOMENAJE A RICARDO LETTS

Milciades Ruiz

Comparto con Ricardo Letts, el hecho de haber pertenecido a la generación de jóvenes revolucionarios de la década de 1960, junto con muchos otros compañeros que ofrendaron su vida por la causa de la justicia social y la revolución socialista. Algunos sobrevivientes de aquella época estamos aquí para expresar nuestro reconocimiento a la trayectoria política consecuente de quien siempre ha sido un indomable líder en esta lucha.

La patria ya no es la sociedad feudal y oligarquizada del pasado, gracias a la persistente lucha de los revolucionarios de esa generación. Hemos librado de muchos sufrimientos a los vasallos de ese régimen y a sus descendientes, los peruanos ancestrales.

Aunque en 1821 se declaró la independencia del virreinato del Perú, los peruanos autóctonos no fueron los emancipados sino sus opresores cuyos descendientes aun están en el poder. Por eso, quisimos cambiar esa situación mediante una revolución redentora y aunque no tuvimos el éxito completo, al menos conseguimos eliminar la estructura de dominación rural. Muchos de ustedes conocen lo que nos costó todo eso.

En nuestra trayectoria de lucha, se derramó mucha sangre heroica. Hemos tenido reveses, pero lo hecho constituye gesta precursora del socialismo peruano que tarde o temprano llegará. Nuestros ideales siguen en pie y la lucha debe continuar.

Para nosotros, el tiempo se acaba y corresponde a las nuevas generaciones asumir esta misión inconclusa. Hay un camino andado, desbrozado por quienes sacrificaron sus vidas luchando por los ideales socialistas. Solo hay que seguir sus huellas.

Nos gustaría irnos sabiendo que la victoria está garantizada por la lucha de nuestros continuadores. Pero vemos que hay un gran vacío de liderazgo y la desunión ha discapacitado a la izquierda peruana.

La dispersión, nos lleva a trabajar una opción electoral de amplia convocatoria para recuperar el protagonismo perdido. Pero el dicho popular, “Nadie sabe para quien trabaja”, podría repetirse.

Es una esperanza de buena fe bajo la sombra del oportunismo, a pesar de que las condiciones no son muy alentadoras. Bien sabemos, que el proceso electoral en una democracia del dinero, los resultados arrojan siempre, la misma calidad de organismos repudiados por nuestro pueblo.

Por eso se desconfía de los partidos políticos, de las promesas electorales y de candidatos advenedizos que solo aparecen en campañas electorales. Más aún, si en los ámbitos donde la izquierda obtuvo victorias electorales, la gestión de gobierno no ha sido precisamente socialista ni popular.

Después de la farándula electorera volveremos a nuestra realidad. Nada habrá cambiado en la diáspora izquierdista.

Todos los esfuerzos por lograr la unidad han sido estériles. Hay desorientación entre nuestras filas y así, no podemos ganar batallas. Es imperativo entonces, derribar viejas estructuras y vicios que se han posesionado de la ideología y de la práctica política en la izquierda ortodoxa.

Si no hay honestidad revolucionaria ni desprendimiento de dominios en aras de la unidad, solo nos queda romper este entrampamiento con una revolución en propio campo. Como toda revolución, el resultado traerá consigo un cambio cualitativo.

Así lo requiere el momento histórico. Es hora de hacer catarsis de nuestros errores, de revisar y redefinir el rol de los partidos políticos, para empezar una nueva etapa enarbolando las banderas de la renovación total. Nuevos protagonistas, nuevos métodos de trabajo, nuevos planteamientos ideológicos, nuevo liderazgo.

Superemos la etapa histórica en que los partidos políticos suplantando la voluntad popular, se constituyeron en sostén de una democracia representativa fraudulenta. Este procedimiento es detestado por nuestro pueblo, que ya no soporta más tantos engaños y traiciones de seudorepresentantes. No seamos cómplices de ese fraude.

Hagamos que el pueblo sea el principal protagonista y no los partidos políticos. Nunca más, las cúpulas políticas deberían imponer sus candidatos de repartija sin dar opción a que el pueblo los elija directamente entre su seno. Eso, no es democracia.

Para próximas elecciones, tengamos la entereza de asumir como nuestras, las candidaturas emanadas del mandato popular si queremos recuperar la confianza del pueblo.

Quizá para muchos, esta sugerencia resulte inadmisible después de haber aceptado participar del régimen electivo vigente y más aun, si hay pretensiones interesadas. Pero este, es un asunto de consecuencia revolucionaria.

Dejemos que los agricultores, trabajadores fabriles, mineros, transportistas, y demás sectores socioeconómicos propongan sus candidatos en proporción a su tasa poblacional. De esta opción, emergerá el nuevo liderazgo y la fuerza social que necesitamos para la revolución.

Impulsemos las asambleas populares por localidad, distrito, valle, región y trabajemos para que su empoderamiento sea sostenible. Son las masas organizadas las que en definitiva, constituyen el sostén de toda revolución.

Nunca antes la república anacrónica estuvo tan desprestigiada como ahora en que toda la población rechaza su degradación moral y delictiva, con impunidad de gobernantes delincuentes desde el nivel local hasta el nacional. Tuvimos la oportunidad de cambiarla con motivo del movimiento de los “cuatro suyos” y ahora también, estamos perdiendo la oportunidad porque no estamos preparados para asumir nuestro rol en la insurgencia popular.

Se postula una nueva Constitución de la República como solución. Pero, de convocarse un Congreso Constituyente, sin cambiar el régimen electoral, este estaría integrado por la misma calidad de personajes que nuestro pueblo repudia. Estarán los políticos corruptos de siempre y los sicarios jurídicos de la dominación, quienes evacuarán una Carta Magna de la misma condición.

Entonces, nuestra estrategia apunta a un espejismo cuyo eje está en otro lugar. Antes de ir por esa meta, es necesario alcanzar metas previas. A tono con las aspiraciones de nuestro pueblo concentremos nuestra lucha en cambiar primeramente el régimen eleccionario fraudulento que origina inequidad política, económica y social.

Sabemos que este sistema eleccionario es tramposo y está condicionado jurídicamente para que los poderosos mafiosos coloquen sus testaferros en el poder y, para que la minoría pudiente predomine siempre sobre las fuerzas populares. Por ello, la sola reforma de este régimen eleccionario, en términos de equidad, puede desencadenar una revolución sin precedentes porque allí está la llave de muchos acontecimientos en cadena.

Sabemos también, que el sufrimiento estructural se ha vuelto endémico para los peruanos más pobres. Pero en ese sufrimiento, está el fuego de la rebelión libertaria y de la revolución socialista. La desigualdad, es producto de relaciones de intercambio sin equidad y corregir esta injusticia, es otra tarea estratégica que debemos asumir con la tesonera consigna enarbolada por Ricardo: “Luchar, trenzar, … y persistir hasta triunfar”

Junio 9- 2014

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