NECESARIO ATERRIZAJE ELECTORAL

Escribe: Milciades Ruiz

El espejo retrovisor histórico nos muestra que la falta de unidad en la izquierda es muy antigua en el mundo pero el desmembramiento ideológico que nos involucra actualmente tiene su origen en la conducción degenerativa de la experiencia socialista en la Unión Soviética. Su política de coexistencia pacífica abandonando la estrategia de expansión de la revolución socialista abrió la gran discrepancia con China maoísta y otros países del bloque que cuestionaron severamente el cambio estratégico.

12Esta discrepancia se extendió por todo el mundo entre los seguidores de ambas posiciones y en América Latina tomó la forma de dos facciones: pro soviéticos y pro chinos. El triunfo de la revolución cubana dio mayores argumentos para los críticos de la política de la URSS y en el Perú, los discrepantes optaron por desmembrase orgánicamente del Partido Comunista que seguía la línea soviética. Los radicalismos generaron otros desmembramientos secundarios a la par que surgían nuevas opciones radicales de tercer tipo.

Pero el curso del proceso histórico (mundial, latinoamericano y nacional) desdibujó las expectativas, marcando una decadencia ideológica general de la cual no hemos podido sobreponernos. El bloque soviético terminó derrumbándose y China ha dado un viraje contrario a sus exigencias revolucionarias del siglo pasado. También han cambiado de política otros países que aún se mantienen en el disminuido campo socialista. La solidaridad internacional socialista ha desaparecido. Desde la gran división socialista, la situación mundial ha cambiado mucho.

En nuestro país, las reformas emprendidas por el gobierno de Velasco de 1968 a 1974 cambiaron la fisonomía política tradicional. Aplastada la derecha, las ideas izquierdistas se abrieron paso apoyando o atacando el proceso de reformas estructurales. Se generó un auge izquierdista y a pesar de que las reformas fueron desmontadas en los años siguientes para volver al sistema político tradicional, la inercia política nos favoreció en los procesos electorales inmediatos desde 1978.

Pero desde entonces, las condiciones políticas en el planeta, en nuestro continente y en nuestro país han cambiado considerablemente. Si bien nosotros ya no tenemos la oligarquía terrateniente ni feudalismo, en otros países cercanos los hacendados siguen vigentes aun en los que hay gobiernos populares donde los terratenientes hacen oposición. En nuestro país hubo mucho más reformas de lo que hoy pueden mostrar estos gobiernos populares que felizmente no son acusados de ser reformistas “burgueses”.

Si bien en otros lares hay triunfos electorales de la izquierda unificada, en nuestro país todavía no se han dado las condiciones para ello. La trayectoria política nacional ha tenido características distintas y las experiencias de países vecinos no pueden repetirse acá como quisiéramos. Hay ingredientes de por medio y cambios por hacer de hecho y no simples palabras.

Mucho depende de las circunstancias y aunque deseamos una mayor presencia política de la izquierda en la vida nacional ello todavía no ha sido posible en gran parte por responsabilidad nuestra. Hoy estamos frente a un proceso electoral en total desventaja pero esta opción no es la única que tenemos, como tampoco lo es la insurrección armada, ni la insurgencia popular. Tampoco son excluyentes. Si las condiciones son favorables la estrategia hará uso de ellas según como se presenten las circunstancias.

Si tales condiciones no se presentan favorables entonces la opción no es viable. Será un esfuerzo vano que terminará en fracaso. No obstante, la estrategia puede utilizar una opción aun sabiendo que no habrá victoria siempre y cuando signifique un avance estratégico. Si esto no se cumple entonces no sirvió para nada. El problema es que no tenemos una dirección centralizada para el manejo estratégico y la anarquía hace trizas nuestros esfuerzos.

Así nos hemos pasado 35 años clamando por la unidad cada cinco años sin poder conseguirla porque persisten los viejos vicios. Esta fórmula ha demostrado su ineficacia en muchos años pero persistimos en ella aunque las condiciones no son propicias porque la unidad es un deseo sentido por todos. Ayer como ahora se esgrimen los mismos argumentos y a pesar de las autocríticas seguimos en lo mismo.

Es que la unidad no es cuestión de oportunismo político por apetitos particulares y aunque pudiésemos lograr unanimidad transitoria, -lo que no ha sucedido en más de 60 años-, la fragilidad acabará con ella porque no es sostenible. En el mejor momento hemos tenido hasta 28 constituyentes en 1978 y 19 parlamentarios en 1980: 10 diputados y 9 senadores procedentes de cinco frentes de izquierda (PRT, IU, UDP, FOCEP, UNIR) pero, ¿De qué ha servido? ¿Pudimos avanzar? Ni siquiera sirvió para mantener por lo menos los logros del gobierno de Velasco.

También en esa época hemos tenido en nuestras manos los gobiernos de 33 concejos provinciales y de 238 distritos del país pero, lejos de avanzar políticamente hemos retrocedido. ¿Los izquierdistas que cuestionaron a Velasco han logrado algo mejor? ¿De qué nos sirve ganar elecciones regionales y municipales si nuestra gestión socialista no se diferencia de los no socialistas?. ¿Podemos esperar que nuestro pueblo nos vea de manera diferente?

Hoy estamos políticamente peor que antes y no hay razón para suponer que las curules que podamos conseguir esta vez tengan el peso político como para influir en las futuras decisiones de gobierno. Nuestra representación parlamentaria nunca ha sido determinante para obtener logros importantes dignos de ser recordados. Nos hace falta mayor contundencia. La unidad por oportunismo político no será la solución a la crisis. Pasadas las elecciones volveremos a nuestra realidad con la diáspora política de siempre. Entonces ¿a qué apostamos?

Apostamos a avanzar estratégicamente esperanzados a que después de la farándula electoral podamos tomar lo que sea de utilidad para levantarnos del suelo y salir decididamente de la crisis recobrando el protagonismo perdido. En esta perspectiva, podremos aprovechar las circunstancias electorales para renovar planteamientos, mensajes, métodos de trabajo y liderazgos. Por lo menos, se habrán activado relaciones de compañerismo que podría servir de base para el trabajo sostenible posterior. No hacer nada y dejar que el enemigo juegue solo tampoco es conveniente y hay que dar la pelea aunque sea por el honor pero sin dejar de ser realistas.

Sabemos que el panorama electoral no es alentador ni aun logrando la ansiada unidad y entre nosotros hay mucha desconfianza por que quienes aparecen ahora como abanderados de la misma no satisfacen nuestras expectativas. Dirigentes vitalicios y vividores políticos que trafican con los sentimientos populares quieren ser reelegidos. No vemos aparecer un movimiento que nos devuelva la esperanza y los frentes que vienen surgiendo para dividir, suelen invocar lo mismo pero todos quieren la unidad bajo su sombra.

Pero todo esto es parte de un proceso en el que somos partícipes pero sin que tengamos el manejo del mismo. Sin embargo, “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista” y si nos ubicamos correctamente en este proceso quizá podamos asumir un rol determinante para obtener el cambio que necesitamos para superar esta crisis. Invocamos el cambio sin cambiar nosotros y así no llegaremos lejos.

Por eso es preciso aterrizar para no generar falsas expectativas. En teoría tenemos la ventaja de que el pueblo del llano es largamente mayoritario y la izquierda electoral por ser el sector político de mayor arraigo popular es mucho más amplia que la derecha electoral. Muchos dicen que la izquierda fue la que hizo ganar a Humala. Entonces con esta lógica, numéricamente no tendríamos pierde.

Pero si esto es así, ¿Por qué la izquierda teme el triunfo electoral de la derecha que también está dividida? Si no es cuestión de números sino son otras las razones de ese temor, entonces ¡Qué necesidad hay de buscar alianzas fuera de la izquierda mayoritaria? Pensar que un frente electoral popular subordinado a un pequeño grupo de personalidades progresistas de derecha es la solución para derrotar al neoliberalismo solo nos llevará a trabajar para terceros nuevamente. Si no cambiamos nuestro enfoque estratégico el producto a obtener será el mismo que hoy lamentamos.

Es que el problema de la desunión no es la causa sino el efecto y por más que machaquemos sobre lo mismo no tendremos un resultado diferente. Hacer un vestido nuevo de una sola tela es mucho más fácil que armar un vestido juntando parches deformes de todo tamaño. Si así como nos movilizamos para fines electorales lo hiciéramos a para construir el poder popular la unidad vendrá por si sola. Nuestro rendimiento político será más eficiente y sostenible.

En la realidad concreta del llano no existe el problema del divisionismo porque todos comparten la misma problemática y las aspiraciones son unánimes. Los movimientos campesinos de los últimos tiempos son un ejemplo de unidad como lo es también la experiencia del movimiento de los jóvenes de toda condición que hicieron retroceder al gobierno. El problema se complica en el nivel de las cúpulas, donde desconocen la realidad concreta y prima la manipulación por intereses mezquinos.

Siempre que busquemos la unidad desde las cúpulas vamos a tener dificultades que anularán todo esfuerzo. Más aún cuando de por medio están las ambiciones electorales y los tiempos apremian. De modo que, si trabajamos la opción electoral, hagámoslo sin falsas expectativas, sabiendo que, cualquiera sea el resultado, solo es un ensayo para evaluar nuestro desempeño y ascendencia popular pero que en definitiva, nuestra misión no termina allí. Nos espera mucho trabajo para recuperar la confianza popular.

Sabemos que el sistema electoral vigente está condicionado para impedir que triunfen las fuerzas populares. El problema es que no hacemos nada por allanar el camino injusto para tener las mismas condiciones que nuestros competidores. Solo nos sometemos aceptando las arbitrariedades que nos impone el sistema. Si no podemos acceder a la inscripción electoral, ello nos obliga a aceptar condiciones onerosas de los dueños de la pelota, aunque sean repudiables.

Hay quienes tratan de justificar las alianzas con personalidades repudiables pretendiendo manipularnos con el sofisma de que el enemigo principal está en otro lado y no miremos con quien nos juntamos, como si la honestidad no tuviese ninguna importancia ni la consecuencia política. Es la misma trayectoria vergonzante que siguió el PAP para unirse con el pradismo y el odriísmo. Al ver estas componendas en la izquierda, muchos preferirán viciar su voto como protesta en tanto de otros votarán por el mal menor.

“Más vale solos que mal acompañados” dice el refrán. La unidad incondicional a costa de perder identidad ideológica es denigrante. La unidad sin dignidad no vale la pena. Pero no hay por qué desesperarse si no se consigue la unidad y aun sabiendo que el próximo gobierno podría ser de derecha no hay por qué acobardarse ya que “no hay mal que por bien no venga”. Solo hay que actuar siguiendo las condiciones del proceso fisiológico social para encontrar nuestra oportunidad y convertiremos los obstáculos en garrochas.

Aun cuando la adversidad nos traiga un gobierno de extrema derecha, dialécticamente tendríamos mayores oportunidades para encontrarnos con las masas y movilizarnos con ellas. Facilitará la ansiada unidad en la acción y la renovación se dará por si sola. Habrá muchos motivos políticos para la emergencia popular y quizá podamos llegar al poder más pronto de lo esperado. Si actuamos con inteligencia estratégica y nos preparamos preventivamente para las ocasiones que nos brinda el proceso histórico la crisis se acabará.

Julio 2015

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